Teun Hocks, Sin título, 2000

Capítulo III. La gente.

La concentración que puede alcanzar un visitante de un museo generalmente es muy alta. De eso te das cuenta según ves llegar a la gente al final de la exposición. Es innumerable la cantidad de hombres que se quedan quietos en mitad de la última sala, se giran pensativos y se rascan la entrepierna. Otras mujeres se quedan cinco minutos quietas, como si el mundo se hubiera parado mientras ellas posan su dedo en uno de sus orificios nasales en busca del cofre del tesoro. También hay personas que llegan ya cansadas: muy amablemente te piden permiso para sentarse en tu sitio y te ponen cara de dolor, o simplemente prefieren emitir un bostezo con grito sordo a lo Ignatus Farray. Pero en ese momento de máxima concentración, de pérdida de la consciencia, nos dejamos llevar por nuestros instintos más primarios cuando aparece una mujer (da igual la edad) con falda. ¡Ay, las piernas al descubierto! ¡Qué daño hace el invierno! En un museo no sólo se miran las obras, también nos miramos todos de arriba abajo.

Asumámoslo, nuestro comportamiento en un  museo es raro. Las personas que necesitan gafas progresivas y no las tienen son las que más esfuerzos hacen. ¿Ponerse las gafas de leer para las cartelas y después ponerse las de lejos para ver los cuadros? ¡No! Mejor ponerse las de lejos y las de cerca juntas, sujetando las de leer con la punta de la nariz. Y los que más me preocupan son los que llevan gafas de sol. Quiero pensar que están graduadas y se han dejado las de cristal transparente en su casa por olvido. Pero he de decir que lo que más fe en la humanidad me provoca son matrimonios en los que uno de ellos es ciego, y la otra persona le va describiendo los cuadros.

Teun Hocks, Sin título, 2000
Teun Hocks, Sin título, 2000

Sin embargo, lo peor es topar con gente maleducada. No se puede hablar alto en un museo. Se molesta y se pierde la concentración para mirar piernas. Por tanto, no está permitido hablar por teléfono, y mucho menos a gritos. Una vez, una señora llamó a un restaurante pidiendo una mesa para comer a las cuatro de la tarde exigiendo que le pusieran en un buen sitio del restaurante. Todo eso en un cubículo donde está la salida de emergencia y que es donde más eco hay de todo el museo. Y menos mal que la exposición es gratis, porque hay gente que viene obligada, secuestrada, y va cruzando las salas con la cabeza agachada y la mirada clavada en el móvil. ¡Yo he visto a alguno jugando al Candy Crush, y con el sonido puesto! Sin embargo, las mejores son las parejas. Siempre hay uno de los dos que va de acompañante pero se hace el interesante, y mientras la otra persona lee atentamente la cartela con la información básica de la exposición, éste aprovecha para echar una mirada furtiva al móvil y ver cómo va el partido de turno.

A veces te toca lidiar con niños que no quieren estar allí y se tiran por el suelo, se descalzan, gritan… y mientras tanto los padres esperan que venga alguien a enseñarles por ellos cómo se debe comportar en un espacio público. En un futuro, estos niños se convertirán en esas personas que no ponen los grupos de whatsapp en silencio haciendo que ese insoportable “dong” se te meta en lo más profundo de tu cerebro.

Herb Slodounik, 1968
Herb Slodounik, 1968

La gente es muy particular y tiene muchas formas diferentes de ver las exposiciones. Los hay que se tiran en una misma sala media hora inspeccionando los cuadros al mínimo detalle, pasan al siguiente y vuelven otra vez como si se hubieran dejado algo por ver. De repente, cuando menos te lo esperas han desaparecido de la sala. Es como un acto instintivo. Los hay, también, que se ven la exposición una vez. Abandonan la sala y, a la hora o así, vuelven a aparecer. Como es una exposición de recorrido circular asusta bastante, la verdad, porque llegan como si nada cuando menos te lo esperas. He llegado a ver a un mismo señor tres veces en un lapso de cinco horas. También es muy gracioso ver cómo hay gente que ve la exposición y después aparece en un grupo de visita guiada. Y luego están las señoras graciosas, que cuando suena la megafonía avisando que el museo cierra sueltan aquello de “nosotras nos quedamos por aquí y ya nos echarán” JA, JA, JA.

Norman Rockwell, The Art Critic, 1955
Norman Rockwell, The Art Critic, 1955

Sé que normalmente a la gente le molesta mucho que haya un vigilante en la sala que le mire fijamente. En realidad no creemos que nadie se vaya a llevar ningún cuadro, la mayoría de las ocasiones estamos pensando en nuestras cosas, mirando piernas o buscando el cofre del tesoro.

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