El club de la lucha

Mi nombre es Teto. Si, “tú te agachas y yo te la meto”. Esa es mi vida, un sin fín de te-agachas-y-yo-te-la-metos repetidos hasta la saciedad, cuyo origen debe remontarse al alcoholismo crónico de mi padre soltero, el cual parece ser que presentó ciertas dificultades a la hora de pronunciar Mateo en el momento de inscribirme en el registro civil.

Siempre he tenido cierta aversión a agacharme. Lo evito siempre que puedo. Sin embargo la última vez que lo hice mereció la pena.

Llevaba días sin dormir. Insatisfacción vital en general supongo. Todavía no tengo muy claro qué es lo que me quita el sueño, pero solo consigo dormir en el metro de camino al trabajo. Pensé en aprovechar ese tiempo que pierdo cada noche intentando dormir, cerrando los ojos, adentrándome en la cueva y deslizándome, en crear una línea telefónica erótica. Son las horas de mayor frecuencia, y el insomnio es un problema que padece un gran número de enfermos en este país.

Perdón, que me enrollo. Llevaba días sin dormir. El andén de metro estaba desierto, algo que de entrada me sorprendió, pero que de salida no me importó. Si me importó que no pusiera el tiempo de espera hasta que llegara el siguiente tren. En un descuido, mientras mascullaba por lo bajini acerca de la incompetencia de la población mundial, me agaché casi inconsciente para echar una rápida cabezadita hasta que me despertara la llegada del tren.

Apenas pude tener el primer minisueño cuando una tremenda patada hizo impacto en mi dormido trasero haciéndome caer al suelo a cámara lenta. Un tipo que se hacía llamar Trailer Duende quería pelea. Pedía pelea. Clamaba que alguien le pegara, y a la vez me ilustraba soltando por su piquito de oro una ráfaga de eslóganes anticapitalistas que abrieron mi mente y cerraron mis puños.

Trailer me encandiló para organizar un Club de la lucha. Nos reuníamos de manera clandestina en diferentes lugares. Mi preferido era un parque infantil de juegos, con su piscina de bolas, su cama elástica… os podéis imaginar. Qué bien lo pasábamos.

Solía pegarme una vez por noche, tal y como dictaban las normas. Una dosis era suficiente como para llenar mi insatisfacción vital. Seguí al pie de la letra las normas del Club hasta el día que por avatares del destino en la sala de combate pude distinguir presentes a todos los exnovios de mis exnovias. Estaban todos. Desde el perillas baboso de la adolescencia, el intelectual griego de la época universitaria, el cerebrito con diez idiomas y tres ingenierías, hasta el musculitos acomplejado. Me iba a poner fino.

Trailer era muy estricto con las normas. Pero pensé para mí mismo: “tiene cojones que un tipo que está todo el día sermoneando sobre la ruptura de la estructura social, el quebrantamiento de las normas, y de poner bombas aquí y allá, se ponga tontorrón ahora con las normas del club”. No pude romper las normas. En la primera pelea el cerebrito me pegó tal paliza que desperté en el hospital.

Fue la primera vez que dormí más de seis horas en un año. Era de noche. Tenía la cara desfigurada, aun así podía mover los suficientes músculos faciales como para poder contestar las preguntas de la enfermera.

-¿Nombre?

-Teto

-¿Edad?

-25

-¿Padece alguna enfermedad?

Desvíe la mirada hacia sus ojos, le cogí muy lentamente la mano y respondí – Me has conocido en un momento extraño de mi vida.

Txema LdR

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