Thoma Struth, Kunsthistorisches Museum 3, Vienna, 1989

Capítulo IV. Las personas mayores.

Si ya en el Capítulo III hablábamos del comportamiento de la gente en un museo, las personas mayores se merecen otro aparte. Hay que prestarles mucha atención, ya que te puedes encontrar de todo.

Un gran número de personas mayores de 60 años se observan en la exposición de pintura, quizá por una cuestión cultural, ya que muchos no entienden por qué se hacen fotografías “tan oscuras y tan documentales con la cantidad de cosas bonitas que hay para retratar”. Y por eso, hay algunos (esto ya lo he oído varias veces) que en el último texto es cuando se enteran que Koudelka era un hombre y no una mujer.

Y es que, cuando ves aparecer un flequillo que nace en la nuca y un bigote fino que recorre la comisura del labio superior, sabes que algo interesante va a pasar. Entran en la sala. Se quedan quietos mirando la obra y desenfundan sus prismáticos del bolsillo del abrigo para mirar cada pincelada. Que, claro, eso siempre es mejor que aquellos que se acercan tanto que hacen vaho en los cristales protectores.

Thoma Struth, Kunsthistorisches Museum 3, Vienna, 1989
Thoma Struth, Kunsthistorisches Museum 3, Vienna, 1989

Cuando llegamos a cierta edad todo son achaques, nuestro cuerpo empieza a resistirse al ritmo de vida que llevábamos, pero nosotros sabemos cómo sobreponernos: Una visita guiada suele tardar una hora, y una hora de pie es mucho tiempo, así que te coges tu taburete plegable y cada vez que la guía se para tú te sientas cómodamente. El problema viene cuando la guía es mala persona y no tiene en cuenta los problemas de la gente que le acompaña, y va cuadro por cuadro, primero derecha y luego izquierda, a una velocidad inverosímil, y no te da tiempo a desplegar el taburete y sentarte, porque cuando estás apoyando el culo ya ha cambiado de cuadro. Sólo te queda recoger el taburete e ir cargando con él durante la hora que dura la visita.

Los hay también que tienen fallo de oído (también conocido como sordera), pero lo malo llega cuando son argentinos. ¡Es increíble el escándalo que se puede llegar a montar!

Nosotros, los vigilantes de la sala, tenemos una silla para poder sentarnos esos ratitos en los que la sala está vacía o con muy poca gente. Cuando te estás dando una vuelta para controlar, siempre te encuentras a alguien sentado. Una vez me encontré otra señora quitándose los calcetines. Pero el otro día una señora se echó una siesta de una hora, ¡tan pancha! La gente le miraba con asombro, e incluso, un hombre con sus dos hijas sacó el móvil para hacerle fotos. Cuando me acerqué para llamarle la atención y decirle que en el museo no se podían hacer fotos me contestó: “¡Pero si está durmiendo!”. Y ya te quedas con ganas de preguntarle qué clase de educación le está dando a sus hijas.

Eugenio Ampudia, Dónde dormir 1, 2008
Eugenio Ampudia, Dónde dormir 1, 2008

El día que recordaré con más cariño es uno en el que me tocó en la sala que está al lado del ascensor. Una señora muy bajita y con peluca me preguntó por dónde continuaba la visita. Le indiqué que subiendo por el ascensor se llegaba a la primera planta. Me doy la vuelta para seguir controlando la sala y a los minutos oigo “¡Señorita! ¡Señorita! ¡Qué no funciona el ascensor!”. Me acerqué temiendo lo peor: colapso en la sala, quejas, vocerío, atascos de sillas de ruedas… Llego al ascensor y descubro que no lo había llamado. Pulsamos el botón, se ilumina de color rojo, y mientras tanto le digo que ha sido una situación rara. Se mete y yo me vuelvo a mi sala. Al minuto vuelvo a oír: “¡Señorita! ¡Qué estoy aquí otra vez! ¡El ascensor no ha subido!”. Riéndome hacía mis adentros, vuelvo a acompañar a la señora al ascensor mientras oigo cómo se queja de su mal funcionamiento. Vuelvo a llamar y esta vez soy yo la que pulsa al 1 para asegurarme que por fin sube a la siguiente planta, y le digo que no se preocupe, que me quedo ahí hasta que el ascensor suba para que nos aseguremos que no pasa nada. ¡Y finalmente subió!

The Grand Budapest Hotel, Wes Anderson, 2014
The Grand Budapest Hotel, Wes Anderson, 2014

Pero no todo son risas y amores. No. Hay personas mayores que son hurañas y malencaradas. Además de no saludar jamás al entrar al museo, como si se les debiera algo, se suelen recibir malas contestaciones de un número muy reducido de personas, pero se reciben. Como un señor que se quejó de que la exposición comenzaba por la izquierda porque, según él,  “eso es todo una declaración de intenciones”.

También están las señora que te dicen cómo debe hacer todo el mundo su trabajo: que si yo le tengo que decir a la guía que hable más bajo para un grupo de veinte niños porque si no se hace mucho ruido en la sala, por ejemplo. Te dan ganas de recomendarle que no vaya a un museo con entrada gratuita un sábado a las cinco de la tarde. Porque claro, si ya se junta un grupo de visita guiada con unos sordos argentinos, aquello, evidentemente, se convierte en un patio de colegio.

Thomas Struth, Stanze di Raffaello 2, Rome, 1990
Thomas Struth, Stanze di Raffaello 2, Rome, 1990

Y por último están las señoras que no se quieren ir. Llegan cuando estás cerrando y te dicen que vienen desde muy lejos para ver la exposición, y que les dejemos dentro, que ellas no van a hacer nada. Pero también las hay que ya rozan (por no decir otra cosa) la mala educación. No es de recibo que ya se haya avisado que hay que desalojar el museo, que las estés acompañando hacia la salida y como comentario jocoso te digan que “menos mal” que lo tuyo no es un trabajo de verdad. Vale que no estemos picando piedras, ni construyendo un reactor ni diseñando un avión, pero porque esté en un museo no quiere decir que me esté deleitando con las obras constantemente, porque (como dijo una compañera), señora mía, aguantarla a usted no está pagado.

Sin embargo, pese a estos hechos muy concretos que para nada pasan a menudo, en general la gente es muy amable, educada y simpática, y son muchos los que te acaban provocando, como menos, una sonrisa, o te dan conversación para animarte la jornada laboral. Jamás me olvidaré de mi primer día en este trabajo, cuando un casi octogenario me dio esta nota. Es con este tipo de cosas con las que te reconcilias con el ser humano en general.

“Eres más bella, amable y viva que todos los cuadros y visitantes de la exposición”

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