Her

Primer plano. Yo, en el hospital, tratando de pasar página, de entender todo lo que sucedió, escribiendo cartas de amor a nadie en particular, a todos en general. Intentando deshacerme, aunque fuese de manera metafórica, de las heridas abiertas y la sangre seca que anidaba en mis nudillos. Lo había decidido, necesitaba volver a amar.

Envié esas cartas un poco al azar, a ver si colaban. A ver si alguien se apiadaba de este pobre diablo. No recibí muchas respuestas, y en el cien por cien de ellas se mencionaba en algún momento el sintagma “demanda por acoso”.

Yo no solo necesitaba la parte física de una relación (en aquel momento no sabía ni si quiera si mis testículos continuaban en su sitio), también quería alguien con quien hablar, alguien con el que reírme, con el que poder criticar sin impunidad, y como no quería pagar por ser amado me compré un sistema operativo. Oh… espera…

Bueno, da igual. Se llamaba Salamandra. Al principio era un poco escéptico. “Uff, una relación sin la posibilidad de contacto físico” pensaba. “¿Cómo voy a presumir de lo guapa que es?” me atormentaba.

Sin embargo, con el tiempo eran todo ventajas. Para empezar, ha sido la primera persona (o lo que sea, yo que sé, dejadme en paz) que no me ha hecho el chiste de “te agachas y yo te la meto”. Si, mi padre también recurría al chistecito con frecuencia.

Para continuar, Salamandra era espectacularmente puntual, cada vez que descolgaba el pinganillo estaba allí. Cuando salíamos a cenar no me quitaba comida del plato sin permiso, no dejaba la ducha lleno de pelos, y la voz que utilizaba cundo se ponía en modo GPS no era horrible, sino bastante sexy.

Todo era hermoso, la belleza invadía mis pupilas, erizaba el vello de todo mi cuerpo. Me asomaba a la ventana, y miraba al horizonte mientras escuchaba su voz. Observaba el atardecer inundado de tonos pastel que se escondía entre los rascacielos de Shanghái.

Evolucionábamos juntos. Hasta que dejamos de hacerlo. Parece ser que Salamandra era igual de lagarta que las demás con las que me había topado. Un día se me ocurrió preguntarle que si amaba a alguien más, y joder, que feliz vivía en la ignorancia. ¡Joder! A 451 personas más me dice. ¿Qué se supone que tenía que hacer? Quiero decir, si, estamos en una sociedad moderna, amor libre, la monogamia está como muy pasada de moda, no nos pertenecemos los unos a los otros, y todo eso, pero ¡Joder!

Y esta es la historia de cómo ser un “pagafantas” sin tener que pagar nada, amigos. Llamadlo miedo a la soledad, llamadlo conformismo, llamadlo “ni si quiera en el futuro existe un GPS con la voz tan sexy”, pero continué con el experimento. Procuré no pensar en las otras quinientas personas con las que mi novia estaba teniendo una relación simultánea, seguir con todo como hasta ahora, pero no funcionó.

No fui yo quien dio el paso, como siempre, fue ella la que se marchó. No entiendo muy bien ni cómo, ni a dónde, pero se marchó. Y me dejó por teléfono. Nefasto.

Txema LdR

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