Capítulo VI. Fin.

Pues sí, ayer fue mi último día trabajando como Auxiliar de Sala (de momento). Ha sido una gran experiencia. He de decir que es muy cansado estar tantas horas de pie, mirando y aguantando gente. Pero, pese a lo desarrollado en mis posts anteriores, voy a romper una lanza a favor de los visitantes de un museo: en general son gente maja.

Te encuentras de todo en un trabajo cara al público (evidentemente), pero son muy pocos los que te tratan como si les debieras algo. La gente entra, saluda y pregunta con educación, sabe cuál es tu trabajo y te lo facilita o te pide perdón por no darse cuenta que estaban haciendo algo erróneo. Pero siempre lo malo llama más la atención que lo bueno, y quema más, mucho más, hasta puntos desorbitados. En tu trabajo tienes una misión que cumplir, unos fines, para que todo esté en orden. Sé que nosotros no usamos los medios más “simpáticos” o amables, pero mucha gente se merece un porrazo en las rodillas. De hecho, desde aquí, quiero pedir a las empresas encargadas de la vigilancia en las salas de los museos que doten a sus empleados de porras o pistolas eléctricas, ya que facilitaría mucho el trabajo.

cristina-lucas-desnudo-en-el-louvre

Bromas aparte, no me gustaría dejar este espacio que se me ha facilitado como desahogo personal sin hacer mención a las diferencias entre las exposiciones de pintura y de fotografía, por lo menos en las que he estado yo. Y es que, en ocasiones, pueden ser abismales.

Aunque parezca mentira en el siglo XXI, las diferencias se basan esencialmente en clases sociales, es decir, elitismo. En la exposición de pintura parece que va gente más cultivada, experta, que se pasea por las salas con su revista “Historia” o “Subastas”. Hablan del trazo, de la composición, se quedan absortos  y necesitan que toda la sala se entere a través de “grititos” de asombro que les encanta un cuadro. Un día, una chica, a media hora de cerrar, me dijo que le encantaba un cuadro y que se iba a quedar allí parada hasta que cerráramos. Así fue.

Lo que sí es verdad es que el público mayoritario es de edad superior a sesenta años. Casi todos son jubilados, que se van a dar un paseo por el museo una tarde cualquiera. Muchos grupos están formados por mujeres (sordas como tapias) que se paran , comentan, y de paso cuentan lo que le pasó a su hijo el otro día. En general son gente amable y educada, incluso rozando lo entrañable. Pero, como ya comenté en capítulos anteriores, a todos,  hombres y mujeres, nos llegan esos momentos de sobreponernos (o no), cuando lo físico supera a lo mental. Llega ese momento en el que te haces de vientre encima, y ni tú ni tu acompañante os dais cuenta. Y sí, esto ha pasado.

Martine Franck, Grand Palais, 1972
Martine Franck, Grand Palais, 1972

Pero sí, a las mujeres, más que a los hombres, les gusta ir a las exposiciones de pintura . Hay una tribu urbana que nadie ha comentado: las que pasan los cuarenta años, “mujeres de”, ataviadas con mallas de correr, zapatillas, abrigos de piel, botox y maquilladas como puertas. Este espécimen se suele ver en los grupos de visitas guiadas de la tarde, y por una extraña razón solamente hay una por grupo. Es muy raro, no se juntan las unas con las otras. Las deben considerar horteras.

famosas2b3

Que no es por nada, pero esto es totalmente comparable a esos hombres que van con pantalones de chándal y la camiseta de la selección española. Si no vas a hacer deporte, ¿por qué llevas ropa para hacerlo?

Y hasta aquí la sección de moda.

hi-haters

 

Sin embargo, en la exposición dedicada a la fotografía, son más los hombres que se acercan. El público general suele ser joven, máximo cuarenta años, y muchos grupos de estudiantes, con los que te tienes que pelear para que no hagan fotos. Esto es un verdadero problema, porque estudiantes o no, TODOS se quieren llevar su foto de recuerdo. Y no se puede… ¡NO SE PUEDE!

tumblr_miwp07esw81qjk8kco1_500

Este público no es tan cultivado como el de pintura. Hay gente que sí que sabe, y otra que hace como que sabe. Te vas dando un paseo por la sala y se escuchan muchas cosas erróneas (diez años estudiando fotografía te permite tener cierta opinión, sobre todo técnica). Sin embargo, es gente más simpática y amable a la hora de tratar. Si se apoyan en una vitrina, tocan un cuadro o hablan demasiado alto, te piden perdón enseguida, al contrario que en pintura que se lo toman como algo personal. Pero lo de las fotos es misión imposible, he acabado rindiéndome con ese tema. Da igual la edad, el género o la clase social, todos lo intentan en cuanto te das la vuelta. Los días en los que la sala está repleta te ves, sin darte cuenta, clavando tu dedo índice en hombros ajenos, con los ojos inyectados en sangre mientras enuncias un: “como ya te he dicho, no se pueden hacer fotos”.

dpp_0031

También advierto una cosa a todos esos reporteros frustrados: llamemos la atención o no, os vemos. Sabemos cuándo somos vigilados: ves unos ojos pendientes de ti, disimulando con el whatsapp, y que cuando te vas a dar la vuelta van a hacer la foto. Por eso, nos damos una vuelta de 180º y os pillamos, y hacéis mucho el ridículo. Eso si, los días que estás de buen humor te animan la jornada laboral.

Siendo realista ha sido una gozada trabajar aquí, en un trabajo que supuestamente tiene que ver con lo tuyo. Sin darte cuenta, sale lo peor de ti en los momentos límite, en los que te gustaría dejarlo todo porque a ti ni te va ni te viene que se hagan fotos o que un cuadro sea dañado. Pero sigues, te lo pasas bien, y llegas al día siguiente con buen humor y dispuesta a nuevos retos. Sin embargo, lo mejor han sido los compañeros, que me han ayudado y enseñado. No exagero si digo que es en el sitio con mejor ambiente laboral en el que he trabajado, me imagino que será porque todos somos temporales y todos hacemos el mismo trabajo, sin expectativas de ascender o mejorar. Todos tenemos el mismo nivel de estudios, sabemos cómo está el panorama laboral y que vamos a tener que sudar la gota gorda para poder tener una vida estable. Pero todo eso lo sabíamos el día que nos metimos y decidimos terminar una carrera de humanidades. Somos luchadores natos.

Espero no haber ofendido a nadie con mis anécdotas y mi manera de redactarlas. Al contrario, solo he pretendido que las visitas al museo sean vistas desde todos los puntos de vista posibles, y el del auxiliar de sala es uno más. Un trabajador, frustrado o no, que tiene un trabajo y es velar por las obras de arte.

¡Nos vemos en futuros diarios de trabajos museísticos!

 

4 comentarios en “Capítulo VI. Fin.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s