El Resplandor

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Me cansé de las mujeres definitivamente. Dedicarme por completo a mi vocación, eso es lo que haría. No más mujeres que puedan hacer volar mis novelas. No señor. No iba a dejar que algo así volviese a ocurrir.

Un amigo al que llamamos Tintín, pero esa es otra historia, me habló de un lugar perfecto en el que poder escribir sin molestias ni apenas preocupaciones. Un lugar maravilloso con preciosas vistas, aire puro y fresco, con todas las comodidades, y en el que me pagarían por estar allí. Tenía un pero. (Realmente varios, pero no querréis que os cuente ya toda la película ¿o sí?)

Se trataba de un gran hotel situado en las colinas. Un hotel prácticamente aislado de la sociedad, el cual tenía que ser vigilado por alguien durante el invierno cuando no había nadie. Hasta ahí bien. Mientras el dueño me contaba esto, con la boca pequeña me explicó que además participaría en una especie de estudio sociológico en el que tendría que convivir con una mujer y un niño a los que no conocía de nada.

No me hizo mucha gracia. Prefería estar allí yo solo a tener que cocinar para tres. Nunca he medido bien las cantidades. Siempre hago espaguetis de más, y eso acaba repercutiendo a lo ancho. Además… vaya par… Cuando los vi por primera vez me compadecí de mí mismo. Menudo invierno me esperaba. Ella se llamaba Sendy. Tenía unos ojos y una dentadura que no correspondían con el tamaño de su cara, le gustaban las telenovelas, tenía una voz aguda como la de una chicharra, y no dejaba de preguntar cosas: “¿Cómo se hace esto? ¿Qué haces? ¿Por qué no nieva? ¿Puedes hacer más espaguetis? ¿Por qué nadie me quiere? ¿Hacemos el amor?”.

Él se llamaba Donny. Algo pasa con los Donnys. No sé qué va antes, el nombre o la locura, pero suelen coincidir. Ese niño me daba muy mal sueño. No me gustaba dormir sabiendo que él estaba cerca. Intenté hacerme su amigo para que no me matase mientras dormía, pero era un niño de pocas y lentas palabras, así que desistí.

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El  hotel era muy grande. Me pasaba más tiempo limpiando que escribiendo, la verdad. Y cuando intentaba escribir aparecía ella con algún tipo de pregunta: “¿A qué saben los insectos? ¿Plantamos una palmera? ¿Por qué a las mujeres no nos sale barba? ¿Por qué te das cabezazos contra la pared cada vez que te hablo?”. A mí me crispaba. Yo soy un tipo con paciencia… pero todo hombre tiene un límite.

Necesitaba aislarme. Yo me iba a dar vueltas por el campo. Me perdía por el laberinto sin salida que empezaba a ser mi vida. Me gustaba más la época en la que me pegaba con desconocidos. Pero Sendy y Dony no eran rivales dignos… Encontré una habitación muy coqueta un poco más apartada del resto de habitaciones en la que instalé mi portátil para empezar a escribir sin molestias. La habitación 237.

Aaah que bien estaba allí. Escribía, me tumbaba en la cama, me echaba una cabezadita, me despertaba fresco como una coliflor, y seguía escribiendo. El tiempo pasaba frenéticamente. De verdad que por fin empecé a disfrutar del hotel. En un descanso para ir al baño, mientras miccionaba, las cortinas de la bañera empezaron a moverse. Me pegué tal susto que lo dejé todo perdido. En serio, muy mal. Había una mujer desnuda al otro lado, en la bañera.

Yo me dije para mis adentros (y creo que también para mis afueras) “Pues de puta madre”. Pensé que formaba parte del estudio sociológico que me mencionó el dueño, y no iba a ser yo quien hiciese apología de la monogamia, y mucho menos cuando esa falsa monogamia dependía de Sendy. Se acercó a mí y me besó. Muy apasionadamente. Cerré los ojos, y cuando los abría me encontré abrazado a una mujer vieja, decrépita, a medio pudrir, que me estaba metiendo la lengua hasta la campanilla.

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Salí de allí corriendo. No sabía a dónde ir. Todo me resultaba demasiado simétrico. Después de lo ocurrido me estaban entrando muchas ganas de vomitar. Todo empezó a darme vueltas. Necesitaba que alguien me sirviera una copa, un barman con el que poder hablar y no sentirme juzgado. En vez de eso me encontré a Dony por el camino. Me hablaba haciendo gestos muy raros con el dedo. Yo estaba fuera de mí, lo reconozco. Le puse unos guantes diciendo “¿Dónde está ahora tu amigo invisible eh, loco de los cojones?”

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Luego la otra, corriendo de un lado para otro del hotel como si fuera una mariposa parapléjica con un cuchillo en la mano… Mira, eso no estaba pagado. Cogí un hacha y me puse a destrozar cosas. Mientras destrozaba, al mismo tiempo que sentí un profundo sentimiento de alivio y satisfacción, me invadió un vacío, una terrible sensación de que jamás terminaría mi novela.

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Txema LdR

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