Amelie

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Por fin en París. Sentía los aires renovadores que se respiraban en la histórica capital del arte. Eran aires fríos, no os voy a mentir. Casi salgo volando cuando puse mi primer pie en tierra. El que fue mi becario en el Grand Budapest me recomendó un amigo que tenía un primo que tenía un sobrino que tenía un hermano que alquilaba un piso en el mítico barrio de Montmartre.  A precio de caldo saldo. En Montmatre conocí a Amelia.

Había mucha gente fashion, con un estilo super molón por las calles de París. Era todo muy bohemio, pero con un rollete muy de pasarela. También los había que no eh, pero yo me fijaba en los que sí. Porque a mí la gente que no destaca no me interesa, al contrario que a Amelia. Como quería integrarme lo antes posible me permití un cambio de look. Me hice trenzas en las barbas, me compré una boina, y me agencié unas gafas de estas antiguas de 3D con un plástico de cada color, en verde y en rojo.

Llegó un momento en el que me entró dolor de cabeza, pero me gustaba ver la vida de esos dos colores, sin duda me aportaba un perspectiva distorsionada muy distinta a todas las otras perspectivas distorsionadas  que había experimentado antes.

No conseguí integrarme, a quien vamos a engañar. La gente se cruzaba de acera cuando me veía a lo lejos. Empecé a hacer vida de barrio. Al contrario que en el resto de París, me sentía rodeado de personajes alicaídos, deprimidos, incluso deprimentes. Pensé que debía hacer algo por cambiar eso, llenar de luz esas vidas tan oscuras, aportar momentos únicos a esas vidas tan monótonas. Luego pensé que me daba pereza, y lo dejé pasar.

Disfrutaba yendo a la verdulería del manco. Era meticuloso, detallista, muy lento. Pero me encantaba disfrutar de la variedad de colores de su puesto, al igual que del cariño que empleaba en su trabajo. Un trabajo bien hecho siempre merece el máximo esfuerzo.

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Otra cosa que me encantaba de aquel lugar que se acabó convirtiendo en mi santuario de los miércoles y viernes era meter la mano en los sacos de legumbres. Sentirme rodeado por la totalidad de la multitud de pequeñas partes que otros se iban a comer después.

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Así es como conocí a Amelia. Un miércoles a las 12 del mediodía (sí, ya sé que es un poco enfermizo, pero recuerdo perfectamente el día y la hora exactos en el que aquel golpe del destino se dejó caer; pero el día no os lo voy a decir porque estos relatos son atemporales, y sería una tontería andar con ese tipo de meticulosidades) en el que ambos, sin dirigirnos la mirada, metimos la mano en el mismo saco de lentejas. Nuestras manos se rozaron la una con la otra, nos miramos, y yo, intentando disimular la increíble vergüenza que estaba pasando, saqué rápidamente la mano del saco, y le reproché de malas maneras, que aquel era un gesto muy poco higiénico. Amelia se encogió de hombros, se giró y sin mediar palabra se marchó.

No me la pude quitar de la cabeza, su mirada me cautivó. Algo debió de ver ella en mí.

Por aquel entonces, cualquier trabajo para sobrevivir en una de las ciudades más caras de Europa me iba bien. Conseguí un trabajo a tiempo parcial en un Sex shop. No importaba la cantidad de estímulos que hubiera a mi alrededor, yo solo pensaba en aquellas lentejas, en aquellos enormes ojos, en aquel peinado a lo Mia Wallace…

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Es irónico cómo su voz era lo único que aún no había conseguido escuchar, justo lo contrario que con Salamandra. No podía evitar poner la voz de una en el cuerpo de la otra. Mientras divagaba en mis paranoias, un buen día recibí un mensaje extraño en un sobre amarillo.

A Amelia le gustaba jugar, y a mí que me siguieran el juego. No cesé en su juego del gato y el ratón, de pistas falsas y calvos fantasma, hasta que conseguí descubrir donde vivía. Me abrió la puerta. Tímida, silenciosa, me arrastró hacia dentro, e hicimos el amor más silencioso de Montmatre.

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Cuando terminamos, no hubo cigarrillo. Y entonces la escuché. Joder, no debí de haberle dado cuerda. ¡No paraba de hablar! A Amelia le gustaba pensar en las cosas que pasan sin que nadie se entere, me habló del cultivo del gusto por los pequeños placeres (y yo pensaba: “¿Pero qué  cojones me estás contando?”), sobre el miedo a envejecer, que es lo único que nos mantiene vivos; me contó que de pequeña tenía un pez suicida. Y todo esto sin que yo le hubiese preguntado…

Le propuse dar un paseo en moto, necesitaba aire fresco (ya sabéis).

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La verdad es que tenía la voz todavía más bonita que la de Salamandra. Quizá un clavo quite otro clavo.

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