La bañista salvada.

Aquí os traigo mi segundo post. Con el trato de rendir homenaje, en un día como el de hoy, el día mundial contra el cáncer, a las personas que se han enfrentado a esta enfermedad y la han superado pero sobre todo a las que no pudieron superarla. Esperando que os guste, os dejo con esta historia.

La bañista salvada.

Raquel era una de las mejores empresarias de la ciudad, una mujer muy bella y con mucho éxito. Cuando acabó el instituto decidió ir a la universidad, y desde ese momento su vida giró en torno a sus estudios y después al trabajo. Su única meta era el éxito y aparentemente lo tenía: buen trabajo, todos los hombres que quería y cuando quería, viajes caros, ropa cara… En fin, un conjunto de cosas que le proporcionaban una supuesta felicidad. La gente de su alrededor le consideraba bastante fría y distante, que centraba su vida en valores superficiales. Nunca se le solía ver acompañada. Es más, hacía bastante tiempo que había apartado a su familia de su vida. A sus 30 años, Raquel había conseguido ser una persona aparentemente feliz, gracias al éxito que tenía, pero ¿realmente lo era? Y es aquí donde empieza esta historia.

El reloj marcaba las 6:30 de la mañana y el despertador comenzó a sonar. Raquel dio un salto de la cama, quitándose su camisón de seda que había adquirido en una de sus compras en su último viaje a Nueva York, fue al baño y se metió en la ducha. Entonces ocurrió.  Raquel vio que algo no iba bien, que aquel bulto que se tocaba en su pecho antes no estaba.

Tras una mañana llena de trabajo, llegó la hora de comer y, como de costumbre, Raquel decidió comer sola en la oficina para no perder  tiempo en el trabajo. Mientras comía una ensalada, sus pensamientos volvieron a la ducha de aquella mañana, y, al terminar de comer, Raquel decidió pedir cita a su médico. Así fue como, días más tarde, sola en la consulta, Raquel recibió la noticia: tenía cáncer de mama. Tras salir del médico, Raquel se dirigió a El Retiro y se dio cuenta que hacía mucho tiempo que no disfrutaba de un paseo sin pensar en nada. Recordó a su madre, a su padre y a sus hermanos, ¿cuánto tiempo hacía que no iba a verles? Empezó a llover mientras contemplaba a una pareja que reía a carcajadas debajo de la lluvia y entonces  empapada en lágrimas caminó hasta su casa.

El médico había sido claro: Raquel tenía un tumor que había que empezar a tratar cuanto antes, pero parecía ser que ella no se quería dar cuenta. Las primeras semanas que pasaron tras recibir la noticia, Raquel hizo su vida como si nada hubiese pasado, hasta que en una de la sesiones de quimioterapia, la conoció a ella. Ángela era una chica de apenas 18 años que tenía leucemia y que estaba ingresada en el hospital donde Raquel recibía su tratamiento. Las miradas de ambas se cruzaron en aquel pasillo que las llevaban al lugar donde pasaban horas y horas intentado combatir aquel mal que por desgracia la vida les había dado.  Ángela miraba con admiración el pelo de Raquel, que apenas todavía se había caído, y Raquel miraba con miedo el pañuelo que Ángela llevaba en su cabeza.

Al llegar a la sala donde recibían el tratamiento, Raquel observaba cómo Ángela sonreía escuchando al chico que tenía a su lado y no entendía cómo una chica tan joven y con aquel problema podía sonreír tanto. Al rato Ángela había terminado su tratamiento por aquel día y se acerco a Raquel:

-Hola, soy Ángela, eres nueva, ¿verdad?

-Supongo que sí, apenas llevo dos semanas por aquí. Mi nombre es Raquel.

-¿De qué es?

-¿Cómo?

-Tu cáncer, que ¿cuál es? – Pregunto Ángela-.

-De mama.

-Bueno no te preocupes, -dijo Ángela sonriendo- la mayoría de mujeres que han pasado por aquí con ese cáncer se han curado. Yo tengo Leucemia.

-Vaya, lo siento.

-Tengo mucha esperanza. Bueno, me tengo que ir, nos veremos por aquí.

Tras aquel encuentro, que había sido bastante frío por parte de Raquel, ésta se quedó mirando como aquella niña se alejaba. Pensó en lo que le había dicho, “tu cáncer ¿cuál es?”. La palabra cáncer empezó a retumbarle en la cabeza, y en ese momento Raquel reaccionó. Se dio cuenta que esto iba en serio, que estaba enferma y que estaba sola. Ella que era una mujer que conseguía todo lo que quería, estaba allí, en un hospital, llorando a lágrima viva sin nadie que le consolara. Fue entonces cuando se acordó de la risa de Ángela y pensó que, a pesar de lo que aquella niña estaba pasando, parecía feliz y disfrutando de lo verdaderamente bueno de la vida. En ese momento, todo el éxito que había conseguido no le servía para poder hacer frente a aquella enfermedad y a esa soledad. Así bien, en ese momento Raquel decidió asimilar la noticia, pero no quiso compartirla con nadie de su alrededor. Se dio de baja en el trabajo y comenzó su lucha.

Pasaban los días en el hospital y Raquel siempre estaba sola viendo como Ángela disfrutaba de la compañía de aquel chico y de toda su familia y amigos que acudían a verla. Ángela comenzó hablar a diario con Raquel y ambas entablaron una relación.

-Ya se te está cayendo el pelo. Dijo Ángela mirando a Raquel.

-Sí, tienes razón.

-¿Por qué no te lo rapas? Yo te lo recomiendo, es peor ver cómo se va día a día. Si quieres yo te puedo ayudar.

-No sé, déjame pensármelo. ¿Tú no tienes miedo? Pregunto Raquel a Ángela.

-Mucho, aunque parezca que no, cada día cuando voy a dormir me muero de miedo al pensar que al día siguiente se podría acabar todo. Por eso vivo cada día como si fuese el último.

-Eso es fácil para ti. Pareces feliz, a pesar de todo y nunca estás sola.

-Lo estuve al principio porque, sin quererlo, alejé a mi familia de mí. Pero enseguida me dí cuenta que no vale la pena separarte de las personas que te quieren, y más en una situación como la nuestra. Raquel, el cáncer me ha enseñado a vivir, a valorar lo que de verdad importa y, aunque parezca mentira, a ser feliz de verdad. Nosotros, las personas con cáncer, sabemos más que nadie que las cosas no hay que posponerlas para mañana, porque quizás sea demasiado tarde. Quizás, hasta que el cáncer llego a ti, llevabas un tipo de vida que aparentemente te proporcionaba felicidad, y ahora, sabiendo que quizás mañana no podrías estar aquí, ¿te merece la pena estar sola? ¿eres feliz? Fue entonces cuando Raquel comenzó a llorar. Ángela le fundió en un abrazo, haciéndole saber que ella iba a estar a su lado para ayudarla.

Al día siguiente Raquel no tenía tratamiento, pero decidió ir al hospital. De repente se vio con una maquinilla en la mano y pidiéndole ayuda a una niña de 18 años que tenía leucemia. Lo que parecía que iba a ser el día más triste de su vida, se convirtió en un día bonito. Ángela le ayudo a raparse la cabeza y además, le regalo un pañuelo comprado en un mercadillo de su pueblo. No era de marca pero era el mejor regalo que Raquel había recibido en años. Entonces llegó él, ese chico que día a día acompañaba a Ángela y le hacía sonreír con una inmensa paz.

-Este es Diego, mi novio. -Le dijo Ángela presentándoselo a Raquel-.

-¡Encantada! Siempre que os veo admiro esa conexión que hay entre vosotros. Tú, Ángela, siempre estás sonriendo cuando él te cuenta algo, que parece ser lo más maravillo del mundo.

-Y así es. Me encanta el arte y cuando salga de aquí me gustaría estudiar algo relacionado con ello. De momento, Diego va a las exposiciones que me gustaría ir, y después viene al hospital a contarme cada detalle. Es como si a través de sus ojos yo pudiera ver el mundo que hay detrás de estas paredes.

Y así, entre confidencia y confidencia, ambas se acompañaron en su lucha hasta que, pasado un año, llegó la gran noticia:

-¡Estoy curada, Ángela! El oncólogo me ha dicho que hasta dentro de seis meses no tengo que volver a revisión. Parece que ha desaparecido.

-Es una noticia maravillosa, Raquel. No sabes cuánto me alegro.

Ángela decidió hacerle una fiesta de despedida en el hospital.  Pasó el tiempo y Raquel no volvía a visitar a Ángela, lo que le entristeció, ya que no entendía por qué Raquel se había olvidado de ella. Al cabo de un mes, Raquel volvió al hospital, y se sorprendió al ver que ella no estaba allí. Llamó por teléfono y consiguió contactar con ella.

Fue a verla con la alegría de pensar que se habría curado y que por eso no hacía falta más hospital. Al llegar a casa de Ángela, la vio muy desmejorada, pero pensó que era por el fuerte tratamiento. Le abrazo con toda la alegría con la que se puede abrazar a alguien que te ha devuelto la vida, alguien que te ha enseñado a vivir. Raquel le contó a Ángela que durante ese mes había rehecho su vida: decidió llamar a su familia. Como señal de agradecimiento por enseñarle la verdadera esencia de la vida y por su compañía en esta dura lucha le entregó un sobre a Ángela. Emocionada por saber que Raquel no se había olvidado de ella, abrió aquel sobre: eran dos entradas para ir a ver la exposición de Ingres en el Museo del Prado, donde se encontraba una de sus pinturas favoritas, La bañista de Valpinçon. En una de las confidencias que habían compartido, Ángela le había contado a Raquel que Ingres era uno de sus pintores favoritos porque cuando veía sus obras sentía lo mismo que cuando  algo que iba a salir mal al final salía bien, es decir, una felicidad que es mayor porque no te lo esperas.

Al ver lo contenta que estaba Raquel, la alegría que sentía y verla al fin feliz, Ángela decidió no contarle que si no estaba en el hospital era porque el tratamiento ya no funcionaba y se estaba apagando poco a poco. Por eso decidió que, tras salir de la exposición, se lo contaría todo. Pero eso no llegó a suceder.

El reloj marcaba las 8 de la mañana cuando Raquel recibió la llamada de teléfono que le rompió el corazón. Ángela se había ido al lugar del que no se vuelve, no había ganado la batalla al cáncer. A la semana siguiente del fallecimiento de Ángela, Raquel decidió ir a la exposición de Ingres, y allí, frente al cuadro favorito de Ángela, entendió que la vida le había dado una segunda oportunidad. Al conocer a Ángela había conocido la vida, ya que le había demostrado que lo que de verdad importaba es el amor, el cariño y la compañía de los suyos, que aquella niña que no había ganado la batalla al cáncer, había vivido cada día como si fuese el ultimo, sonriendo y con esperanza, y Ángela con aquella enfermedad había sido mucho más feliz que ella con su éxito.

Entonces decidió disfrutar de aquella exposición como si fuera la última y convertirse en los ojos de Ángela. Había llegado el momento de vivir y aprovechar aquella segunda oportunidad, por ella y por Ángela. Y entonces se vio reflejada en aquella pintura, en la silueta de una mujer que estaba sola, como si estuviera esperando a que alguien viniera a salvarla. Entre lágrimas entendió que Ángela le había salvado y salió de aquel museo dispuesta a vivir por las dos y por todas aquellas personas que no habían ganado la batalla, recordando siempre que en la vida no importa lo superficial y el éxito; prometiéndose a sí misma, y a Ángela, que sería feliz.

FIN.

3 comentarios en “La bañista salvada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s