El beso de verdad.

Esta es la historia de David y Alma, dos personas que se amaron como solo se puede hacer una vez en la vida.

La luz que entraba por la ventana hizo que David se despertara.  Llevaba días sin dormir bien porque Klimt estaba enfermo. Aquel San Bernardo que tantas veces le había proporcionado su compañía ahora necesitaba de los cuidados de su amo. No era nada grave, pero, para David, Klimt lo era todo. Lo adoptó con tan solo días de vida y le dio aquel nombre como admiración hacia Gustav Klimt, su pintor favorito. Nunca había estado interesado en el arte hasta que descubrió la pintura El beso de Gustav Klimt. Aquel día amaneció soleado en Viena y David decidió llamar a Elisa, aquella chica que siempre le había gustado.

-Hola Elisa, he pensado que podíamos salir a pasear esta tarde y aprovechar el día tan soleado que hace. ¿Qué te parece?

-Lo siento David, pero voy a ir a la Galería Belvedere.

-Si quieres te acompaño. –Dijo David, arrepintiéndose al segundo, ya que temía un no por respuesta.

-Vale. A las cinco en mi casa.

Cuando David colgó el teléfono, no  podía estar más emocionado. Tenía una cita con la chica de sus sueños. Estaba enamorado de ella desde que eran niños. Cuando llegaron al museo, David miraba a Elisa con admiración porque ésta no paraba de hablar sobre todos los cuadros que iban viendo. David, que andaba ya cansado de dar vueltas por aquel museo, quedó estupefacto al tropezar con aquel cuadro. Allí, delante de El Beso de Gustav Klimt, David pensó que no había visto nada más bonito en la vida y se enamoró como nunca lo había hecho de Elisa y de aquel cuadro.

Tras aquella primera cita, vinieron muchas más y David y Elisa vivieron su historia de amor. Ambos estaban experimentando en sus carnes como era el primer amor, aquel que sabe a vida, que no se va a acabar nunca y con el que te crees invencible. Pasado un tiempo Elisa y David decidieron irse a vivir juntos y fue entonces cuando pasó lo que creía David que acabaría con su vida. Al mes de irse a vivir juntos, Elisa fue elegida para ir a trabajar a Francia y aceptó el puesto. Ambos sabían que iba a ser difícil vivir separados pero decidieron seguir adelante con su relación aunque fuera en la distancia. Así bien, tras apenas llevar en Francia dos meses, Elisa decidió poner fin a su amor con David ya que había conocido al que se convertiría en su marido un año más tarde. Tras este suceso David entró en un bucle de tristeza y no veía cómo salir de allí. Aquel amor que pensaba que sería para siempre se había acabado y además ella lo había reemplazado. David no entendía porque Elisa podía estar amando a otra persona con todo lo que ellos se habían amado.

Con el paso del tiempo David fue saliendo del pozo en el que se hallaba y gracias a sus amigos, a su familia y a Klimt fue recuperando la sonrisa. Cuando David estaba con Elisa asistía muy a menudo a la Galería Belvedere para ver El Beso. Delante de este cuadro era como si David tomase aire y vitaminas. Pero desde que Elisa se había marchado, él no había vuelto al museo. Hasta que un día decidió volver. Al encontrarse de nuevo ante aquel cuadro y darse cuenta de cómo había cambiado su vida desde la última vez que lo había visto, sintió que el cuadro le quería contar algo nuevo a lo que ya le había contado anteriormente. Y entonces escuchó aquella voz.

-¿No te parece maravilloso? Es la primera vez que lo veo en directo y no puedo dejar de admirarlo. Es como si al mirarlo sintieras el beso en tu propia piel.

David se quedó mirando con sorpresa a aquella chica.

-Lo siento, no me he presentado, soy Alma.

-Encantado, yo soy David.

David contempló el cuadro, disfrutando del aroma de aquella española que como una turista más estaba visitando la Galería Belvedere. Al salir del museo David le confesó a Alma que El Beso era una de sus pinturas favoritas y ambos hablaron durante un largo rato mientras tomaban unas cervezas y descubrían juntos la noche vienesa. Horas más tarde ambos se encontraban haciendo el amor apasionadamente.

Cuando aquel día en el que David decidió dejar atrás a Elisa y volver a contemplar aquella gran obra, no se imaginaba que la iba a conocer a ella, al gran amor de su vida. Pese a que había visto aquel cuadro muchas veces, sintió que lo estaba haciendo por primera vez. Aquella mujer le había enseñado a amar y a confiar de nuevo.

Vivieron una vida llena de felicidad y David, en muchas ocasiones, asemejaba su amor al de Gustav Klimt y Emile Flöge, aquella eterna musa del pintor a la que muchos consideran la protagonista de El beso. Alma era para David lo que fue Emile para Gustav, su eterna musa y la protagonista de su vida. Así bien, cuarenta años más tarde y frente aquel cuadro se encontraban dos ancianos de 80 años agarrados de la mano y celebrando 50 años de amor.

-Alma, gracias por hacerme sentir este beso durante tantos años. –Dijo David agarrando de la mano a la mujer a la que había amado como solo se puede amar una vez en la vida.

FIN

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