Edvard Munch, la constante de un sufrimiento

Se cumplen 153 años del nacimiento del genial pintor noruego Edvard Munch. Recuerdo como a la edad de 15 años, sentí algo equiparable a lo que Roland Barthes denomina punctum en La cámara lúcida, pero aplicado a la pintura, al ver simplemente la imagen de un lienzo en un libro de literatura, de un tamaño minúsculo pero que no dejó de removerme por dentro. No recuerdo sobre qué estilo literario hablaba aquella página, pero todavía puedo ver perfectamente su estructuración y donde se encontraba Separación en ella.

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Edvard Munch, Separación, 1898, Munch Museet, Oslo

Munch nació en una granja, al sur de Noruega en Løten, el 12 de Diciembre de 1863 y constantemente el sufrimiento le persiguió: “Los ángeles negros de la enfermedad y de la locura guardaron mi cuna”,  “sentí que se me había hecho injusticia” dijo.

A los 5 años perdió a su madre, su hermana murió de tuberculosis, enfermedad que él mismo padeció; otra enloqueció y su único hermano también murió en la juventud. Su padre, doctor, lo llevaba a los arrabales de la capital porque creía que el hijo debía conocer la pobreza, la enfermedad y la muerte. La rigidez de su padre se manifestaba en violentos castigos para con sus hijos. Contra este estricto código, que el padre le imponía para prepararlo para su futura vida, en el que el placer no cabía, Munch se rebeló: pintó, uniéndose a la bohemia ante la consternación de su puritano progenitor. Vivamente, se discutía el positivismo, el anarquismo, el socialismo, en sombríos cafés en los que había alcohol y drogas y se profesaba el amor libre.

Fue un artista de transición, abrió una nueva senda entre lo que sería el fin del naturalismo y el impresionismo de fin del XIX y el núcleo del expresionismo y el simbolismo del XX. Respecto al cuadro de La niña enferma, cuya textura de la superficie muestra todas las huellas de un laborioso proceso creador, pintada a los 22 años, anotó posteriormente durante una estancia en París: “Deberíamos crear gente que respire, sienta, sufra y ame”. Munch con su pintura quería llevar al espectador a quitarse el sombrero como si estuviera en un templo.

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Edvard Munch, La niña enferma, 1885-86, Galería Nacional de Noruega, Oslo

En 1889 Munch viaja a París  donde se orienta hacia el ambiente artístico parisino, lugar en el que triunfaba el posimpresionismo con diversos experimentos antinaturalistas, lo que fue un clima liberador para Munch, a quien el realismo no le satisfacía. “La cámara fotográfica no podrá competir con el pincel y la paleta”, escribe, “mientras no pueda utilizarse en el cielo y en el infierno”.

 

A Munch le interesa lo que se puede captar por el espíritu, no a través de los sentidos. El grito constituye verdaderamente el más típico ejemplo de la pintura anímica de Munch.

“Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho. Me detuve; me apoyé en la barandilla, preso de una fatiga mortal. Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza”

Su fuerza expresiva se debe en gran medida a las técnicas y efectos pictóricos empleados y se hace patente en la estridencia del colorido y la sinuosidad de las líneas. La escena en general y en especial la figura que aparece en primer plano han sido dibujadas de manera grotesca. Los colores tienen una consistencia irreal. Pintado a partir del infierno interior de Munch, el cuadro visualiza asimismo un aspecto de la desesperación omnipresente a finales de siglo, con sus connotaciones de angustia y sentimiento apocalíptico. La fuerza demoledora del motivo lo proyecta a nuestra época, demostrando la vigencia del tema.

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Edvard Munch, El grito, 1893, Galería Nacional de Noruega, Oslo

Uno de los rasgos del arte de Munch es su misoginia. Para él la mujer es un vampiro que ahoga al hombre con su largo cabello, es más destructora que generadora. Pero pese a esto, la mujer es quizá un símbolo: que representa el mundo físico y moral y dramatiza los conflictos internos de un hombre hipersensible que lucha contra una espantosa fuerza vital enfrentando a ansiedades y deseos abolidos.

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Edvard Munch, Mujer vampiro, 1885 Munch Museet, Oslo

Hacia fines de siglo, Munch pinta una serie de cuadros nuevos. La tensión psicológica es manifiesta, así como una atmósfera más misteriosa e individual. Motivos como el del Gólgota, pintado en 1900, nos muestran la inclinación de Munch hacia la metafísica, resultado de sus vivencias de niño y adolescente en un ambiente familiar pietista. La intensidad de una relación amorosa que vivía Munch por este tiempo afianzó su vocación artística. Esta época se caracteriza por ser fase de experimentación constante. Aparece un nuevo estilo decorativo y más colorista, sin duda bajo la influencia del arte naif y especialmente de Maurice Denis.

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Edvard Munch, Gólgota, 1900, Munch Museet, Oslo

 

Por entonces, los desgastados nervios de Munch le llevan a una estancia en el sanatorio. También vive unas turbulentas relaciones amorosas con Tulla, una mujer, con quien rompió a causa de su deseo matrimonial. Ella le escribió contándole que estaba moribunda y deseaba hablar con él por última vez. El artista la encontró dentro de un féretro, envuelta en un sudario, flanqueada de cirios. Dijo triunfalmente: “Sabía que vendrías”. Viendo a Munch irritado por su fraude y a punto de abandonarla decidió apuntarle al pecho con un revólver. Munch puso su mano en la boca del cañón con lo que la bala lo hirió en el dedo medio. Para Munch, este suceso se convierte en una obsesión, en torno al cual urde mitos paranoicos. Los rasgos de Tulla aparecen en La muerte de Marat, que normalmente se cree representa la lucha entre hombre y mujer a la que llaman amor.

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Edvard Munch, La muerte de Marat, 1907, Colección particular

Desde 1909, y hasta su muerte, Edvard Munch residiría en Noruega. Primero se establece en Kragerø, población costera más al sur de la capital, donde pinta ­entre otros cuadros de paisajes de invierno. El pintor noruego también muestra interés por el creciente movimiento obrero en varios de los motivos de aquella época, algunos de carácter monumental.

Tras la adquisición de una finca en las afueras de Oslo donde vive cada vez más aislado, de manera voluntaria, austeramente, rodeado solamente de sus cuadros, sigue mostrando gran productividad, pero le cuesta separarse de sus obras, aunque sí presta sus cuadros a varias exposiciones internacionales.

En la década de los veinte, Munch se dedica especialmente a estudios y composiciones basados en modelos. Muchas de estas obras tienen un carácter exuberante y optimista, mientras que en otras continúa explorando los temas conflictivos de fin de siglo.

A la muerte de Munch, en 1944, quedó de manifiesto que su gran colección de cuadros e ingente y desordenada cantidad de apuntes autobiográficos las heredaba la municipalidad de Oslo. El Munch Museet, que se inauguró en 1963, alberga, una colección única en el mundo de la obra del artista. Allí se conserva también material que arroja luz sobre todas y cada una de las fases por las que atravesó el genio creador de Munch. Quedando así patente la conexión que Munch intentó de establecer con el público; que no apela simplemente a la reproducción de ese mundo exterior común a todos, sino que busca el nexo en el crudo sentimiento, la angustia o la pasión que todo ser humano ha padecido. A golpe no sólo de pincel sino de pluma, en  cartas, notas, aforismos, apuntes, versos y algún que otro relato, el icónico y prolífico artista noruego trató también de explicarse y defender su postura.

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