Odilon Redon. Les noirs

«Toda mi originalidad consiste pues, en hacer vivir humanamente a seres inverosímiles conforme a las leyes de la verosimilitud, poniendo, en lo posible, la lógica de lo visible al servicio de lo invisible»

Odilon Redon fue un artista francés, uno de los líderes del movimiento simbolista y a quien se considera uno de los precursores del surrealismo. Tras la guerra franco-prusiana Redon se instala definitivamente en París. Dónde desarrolló un arte a contracorriente de casi todos sus contemporáneos, rechazando el academicismo, el realismo y el impresionismo imperantes en el momento. Adoptando el negro como su color predominante el que consideraba más efectivo para para expresar sus sentimientos y el reino de su imaginación.

La fascinación de Redon por la oscuridad fue acompañada por una poderosa atracción por el mundo de lo indeterminado, los fantasmas del insomnio, los sueños monstruosos y las fantasías oscuras que se hacían invisibles a la luz del día.

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La elección de las técnicas y herramientas por parte Redon fue fundamental para representar este misterioso mundo de sombras, a veces incluso más importante que el tema mismo. En Aparición, la utilización del carboncillo es parte esencial del sujeto onírico.

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Desde la década de 1870 hasta 1890, Redon trabajó casi exclusivamente en blanco y negro. Sus creaciones consistieron en dibujos de carboncillo y litografías, que él denominaba Noirs, con los que expresar su visión intensa y triste, utilizando un lenguaje genuino, simbólico y espiritual,  recurriendo su subconsciente y sus amplios recursos imaginativos, la filosofía metafísica, la literatura y las teorías de Darwin.

En su primer álbum de litografías, En el sueño, se puede apreciar el sentimiento de soledad, así como su mundo creado de sueños y pesadillas. El álbum causó estupefacción en los ambientes más elitistas de la sociedad parisina por la misteriosa carga simbólica. La simplicidad de sus composiciones y su monocromía lo alejaban incluso de otros simbolistas como Moreau que empezaban a darse a conocer en ese momento.

En 1882 dedicó una serie de litografías a la obra de Edgar Allan Poe a modo de tributo, expresando lo que él había sentido con sus lecturas, no pretendiendo ilustrarlas. En estas obras comienza a aparecer el tema de los ojos, tema que le obsesionó hasta su muerte. Cuando los representaba abiertos eran símbolos de la conciencia universal y cuando los hacía cerrados eran símbolos de la vida interior y de la soledad.

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Alrededor de la década de 1890, Redon creó imágenes aún más atractivas y potentes añadiendo restos de pastel a los dibujos de carboncillo. Este cambio de la oscuridad a la luz no fue un cambio radical, sino que resultó de un proceso gradual, casi orgánico, como ocurre en Cabeza dentro de una aguada. Este es un magnífico ejemplo de la transición de Redon al color. La cabeza de un hombre está rodeada por una aureola representada en delicados trazos de carboncillo, que irradia hacia fuera desde el centro del círculo. Los puntos de pastel azul provocar una luminosidad iridiscente, y la intensidad de los colores le da al hombre un aspecto místico, espiritual.

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Las figuras de Redon son a menudo criaturas híbridas, oscilando entre seres humanos, animales y plantas, con caras melancólicas y grotescas. El artista mezcló elementos naturales y espirituales en sus dibujos, equilibrando el tema enigmático con colores refinados.

Las obras de Redon no se prestan a interpretaciones singulares. Para él, «un título no se justifica a menos que sea vago, indeterminado e incluso confusamente equívoco», «mis dibujos inspiran y no se definen a sí mismos. No determinan nada. Nos colocan, al igual que la música, en el mundo ambiguo de lo indeterminado». Según Redon, nombrar un objeto significaba sustraerle tres cuartas partes de su esencia y de su poesía, pues ésta consiste en ir descubriendo poco a poco el objeto, como en un sueño.

También se negaba a que se analizaran sus obras, consideraba que el concepto estaba muy alejado de la obra artística. El Arte no debe nada a la Filosofía. La belleza no necesita de explicaciones, y ni de etiquetas o encorsetamientos.

Redon deja que nuestra imaginación se pasee libremente para encontrar significados en sus dibujos, según nuestras propias sensibilidades e inclinaciones.

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